Lucía
Mi tío se suicidó. Ayer me enteré de que le decía a su plato favorito “la bandeja suicida”. Este platillo consta de frijoles, chicharrón, plátano, huevo frito, arepa y arroz.
Mi tío se suicidó. Ayer me enteré de que le decía a su plato favorito “la bandeja suicida”. Este platillo consta de frijoles, chicharrón, plátano, huevo frito, arepa y arroz.
Hacía tanto calor que el sudor se me metía en los ojos, pero no me detuve ni un segundo. Repetí los movimientos ensayados todos los días del último mes meticulosamente. Sentí miles de ojos clavados encima del dragón que serpenteaba caprichosamente su cola y esquivaba las manos de todos. Su piel de lycra brillaba con el sol y yo me aferraba a ella firmemente.
Terminamos de grabar una escena donde yo conseguía una mora silvestre y me la comía. Era cierto eso, era la primera que encontrábamos en los tres días que llevábamos en locación. Eran como las tres de la tarde cuando terminamos. Moría de hambre, el gusto dulce de la fruta permanecía en mi boca mientras le ponía mostaza al sandwhich de jamón crudo. El equipo técnico había terminado de comer cuándo le daba la primera mordida. Al tragar el primer bocado pensé en que el programa era una estafa y se me quitaron las ganas de comer.
La inexplicable sensación de satisfaccion que da lograr pequeños objetivos como terminar un libro o cruzar la meta de un maratón de diez kilómetros. Ahí habita la felicidad.
Anoche soñé que una ardilla me dejaba acariciarla.
Fue ella quien me enseñó a montar bicicleta. Estoy seguro de que cuando tenía cinco y avanzaba sus primeros metros sobre una, no podía imaginarse que veintiséis años más tarde correría a mi lado gritándome que mantuviera el manubrio derecho.
Todos los días jugaba a inventar historias de los pasajeros. Siempre elegía al que más me llamara la atención. Una viejita con várices, un hombre de barbara al que le sudaba la frente o una nena que se sacaba un moco. Pero de ella no pude inventar nada. Verla me causó un dolor en el pecho inexplicable. Sentí muchas ganas de dejar que me abrace mientras lloro de miedo.
Recuerdo: cuando tenía cuatro años le canté una canción a mi papá sobre las berenjenas. El me habló sobre ser cantante un rato y luego me escribió una lista de sus cantantes favoritos. El primero era Eddie Vedder, y el segundo era yo. La lista existe todavía.
Hace tres días le dije a Bruno que pintara un gato chef. Por alguna razón le causó tanto interés el personaje que no ha parado de hablarme de él. Desde entonces comencé a escribirme mails de parte del gato chef. Se los leo a Bruno y le dejo mirarlos en la bandeja de entrada para que pueda corroborar su existencia. En el último, el gato chef me enviaba fotos de su último viaje a Gualeguaychú en busca de especias exóticas para sus platos. Las fotos las tomé yo mismo en el Parque Centenario, pero en verdad parecen de Gualeguaychú.
Mi muñeco preferido cuando era chico era el de He man. Yo no lo usaba para pelear, sino como arquero de un equipo de fútbol. Habían otros muñecos que conformaban el equipo pero para mí no eran importantes. A veces estaba el Ken playero de mi hermana o un Batman al que le faltaba un brazo; pero el único que nunca faltaba era él.